¿Cómo reconocemos a un Don Juan?

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¿Cómo reconocemos a un Don Juan? Nunca antes, sólo después. Don Juan es un tipo de hombre que toma a la mujer como una presa de caza. Hay tres elementos que lo caracterizan: la seducción, el engaño, la huida. La culpa subyace a su conducta. Don Juan tiene una compulsión a seducir. Como todo adicto, es esclavo de la cantidad. Pocas mujeres no hacen a un Don Juan. Mille tre, dice Leporello en la famosa ópera de Mozart. Don Juan es desafío, es burla y desprecio a la mujer que una vez conseguida es abandonada. Don Juan huye de la mujer conquistada, como el asesino de la escena del crimen.

¿Habrá lugar, en esta época de disolución de los vínculos familiares y de liberalidad sexual, para donjuanes? La respuesta es que sí, los hay como siempre, aunque con otros ropajes. Pero no todos los conquistadores de mujeres son Don Juan. La piedra de toque está dada por el lugar de la mujer en su universo personal: un lugar parcial, objeto de contabilidad y de descarte. En él se enlazan dos temas como dos caras de una moneda: el amor como imposible y la muerte.

Gregorio Marañón habló del origen de la leyenda: “Está bien averiguado que el tema del convidado de piedra, del joven libertino que bromea sin respeto por los muertos, rodaba por el mundo español, y por toda Europa, desde tiempos remotos. Por otra parte, el tema del burlador, el hombre de las fortunas amorosas, de quien las mujeres se enamoran y a las que invariablemente engaña y olvida, ha sido identificado sin dificultad desde las creaciones más remotas de la mitología, a través de toda la literatura, hasta el momento mismo de nacer en la mente de Tirso de Molina”.

Eran los tiempos de Felipe IV, cuando el fecundo ímpetu renacentista había producido en la corte de España una máxima densidad creadora. Eran los años en que vivían Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Alarcón, Quevedo, Góngora, Velázquez: una cantidad de hombres geniales que Europa nunca había visto reunida. Pero también fue una época de desenfreno y corrupción en las costumbres, y de esta especial mezcla surgió el personaje, de la pluma de fray Gabriel Tellez, conocido en el mundo de las letras como Tirso de Molina. Se dice de él que, gracias al confesionario, obtuvo mucho conocimiento del mundo femenino. Efectivamente, sin las mujeres Don Juan no tendría razón de ser, y su autor ha demostrado cuán conocedor era del alma femenina.

Las versiones de Don Juan son muchas, pero es sin duda la atribuida a Tirso de Molina la que ha cobrado fuerza de arquetipo psicológico. También se destaca el de Don Giovanni de Mozart, con libreto de DaPonte, el de Molière, y la versión de José Zorrilla, de singular belleza, en donde el autor cambia el final y salva a Don Juan por el amor de Inés. En cada obra las diferentes mujeres son potentes en su carácter, no podremos más que nombrar a Ana, Isabella, Inés, Elvira, Aminta, Zerlina, Tisbea.

Don Juan huye siempre de ellas. ¿Por qué? Porque Don Juan es histérico: padece una histeria, y la histeria en el hombre se viste de donjuanismo.

El cuadro no difiere del de la histeria femenina, en cuanto a la incapacidad de establecer una relación de amor que integre y supere el odio y la agresividad propia de relaciones más infantiles. La histérica no se conforma con nadie. Don Juan tampoco. Se dice de ella que no hay órgano que le venga bien, y a Don Juan le pasa lo mismo. ¿Tiene problemas sexuales? Es posible: impotencia, eyaculación precoz, o bien practica una sexualidad deportiva, sin compromiso emocional.

¿A quien busca Don Juan corriendo de mujer en mujer? A un gran amor perdido: su madre. En ninguno de los textos citados hay referencias a la madre de Don Juan. En cambio, multiplicación paterna: el padre de Don Juan, el tío, el rey, el padre de Ana, comendador, la estatua que lo lleva a la muerte.

Lleno de padres y nianguna madre. Quizá su ausencia sólo realce su omnipresencia. ¿Don Juan, hombre amado por su madre? ¿Preferido, mimado, abandonado? Mujer que lo ha traicionado antes que nada con su propio padre. Don Juan vive el complejo de Edipo vengativamente, con voracidad desenfrenada, come mujeres, las devora, las destruye. El hombre histérico envidia y ataca la esencia de lo femenino, su posibilidad de concebir. Don Juan no piensa ser padre para no hacer de una mujer una madre, y la búsqueda sexual es una máscara vindicatoria de su sentimiento original de haber nacido privado de esta posibilidad. En la saga donjuanesca, escapa de una mujer matando al padre que sale en su defensa, un padre que remite al propio. Culpa parricida, huida y desafío a la muerte completan el círculo de su destino funesto.

Se dice que Don Juan vive en el instante, que es un adolescente; narcisista, centrado en sí mismo. Se llega a sospechar de su homosexualidad latente. No ve al otro como tal. Don Juan ignora a cada mujer, ve sólo a La Mujer. Don Juan sabe seducir, sabe decir y ése es su don, su talento. Se lo considera un artista. Puede decir lo que cada una desea escuchar y, si le cabe alguna duda de lograrlo por sus medios, se disfraza de otro, finge, miente. Don Juan es impostura. Y esto es lo que despierta el odio femenino: la sensación de haber sido estafada.

La imposibilidad de enamorarse, de casarse, tener una familia e hijos, congela a Juan en un eterno presente, una eterna juventud. Se ha visto a Don Juan como un terrorista del amor y de la familia. Sin embargo, hay en él una fantasía de redención en el amor. Es el engarce que opera efectivamente en la fantasía amorosa de la mujer, la clave de su señuelo. Ella desea ser la salvadora, la elegida.

Sin embargo Don Juan es héroe del romanticismo. ¿Qué alma femenina podría resistirse? Probemos su efecto escuchando, con el corazón, la pócima cautivante de su decir en la pluma de Zorrilla: “Y estas palabras que están/ filtrando insensiblemente/ tu corazón, ya pendiente/ de los labios de Don Juan,/ y cuyas ideas van/ inflamando en su interior/ un fuego germinador/ no encendido todavía,/ ¿no es verdad, estrella mía/ que están respirando amor?”.